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Ferrari California

El California creo que es una buena idea comercial. Me mojo y digo que Ferrari los venderá como rosquillas, tanto a mujeres como a hombres. Sí, porque según declaraciones del director de desarrollo del California -Sr. Corradi-, éste fue diseñado pensando en las mujeres. Qué absurdo. Es como si Magefesa dice que ha diseñado una batidora pensando en hombres. ¿qué le han añadido, los botones de la Play? X O …

Deslices al margen, el California será el modelo de acceso del Cavallino Rampante. Vamos, el Boxster de los italianos, 11 años más tarde. Y, como aquél, es bi-plaza, roadster, redondito, y ‘asumible’. Ejem.

Creo que Ferrari patina. Me importa un rábano que haya más gente que pueda acceder a un Ferrari. Yo no quiero. Es decir, sí quiero, pero cuando me toquen los Euromillions y me compre un 599 GTB, no antes. No quiero que Ferrari se popularice, porque dejará de ser Ferrari. La esencia de las grandes marcas es esa.

Porsche sobrevivió gracias al Boxster, dicen algunos. No lo sé, no soy el director financiero de la marca ni conozco al que lo fue en aquella época. En todo caso hoy veo al Boxster con desdén, es un roadster injustificadamente caro de comprar y mantener. Por menos dinero tienes un Z4 con excelentes resultados. ¿el BMW no tiene motor central-trasero? El California tampoco y no veo a la gente saltando por las ventanas.

Diagnóstico: Ferraritis

Un Ferrari agrede al ego de las personas. Lo modifica de alguna manera y durante algún tiempo. Es como el sol, todo depende de si la exposición es más o menos prolongada.

Pero, dependiendo de la tipología humana podemos distinguir varios tipos de agresión. A continuación, resumo las 3 más comunes.

1- La agresión masiva. También conocida como la ‘agresión deducible’:

Se distingue porque el sujeto adquiere dimensiones microscópicas. En zonas de abundantes lluvias, también se suele decir que el sujeto queda a la altura del barro. Ejemplo gráfico: Un matrimonio está sentado en una terraza y, de pronto, se detiene un Ferrari en el semáforo que hay justo delante de ellos. La mujer mira el coche, luego vuelve la vista a su marido y es en este preciso instante cuando el cónyuge comienza a desparecer en su silla. El proceso de envejecimiento del marido adquiere una vertiginosa celeridad: está más calvo que hace 2 minutos, más gordo, más bajo, más canoso, tiene más patas de gallo, más colgajos, etc. Finalmente el sujeto queda listo para un tratamiento psicológico prolongado del cual, probablemente, no se recuperará.

2- La agresión yoyista:

Se caracteriza porque uno de los sujetos intervinientes entra en estado de excitación profiriendo una serie de absurdas frases, las cuales comienzan, indefectiblemente, por el pronombre personal ‘yo’. Ejemplo gráfico: Una pareja de novios sentada justo al lado del matrimonio del ejemplo nº1, observan el mismo Ferrari en el mismo semáforo. Ella mira el coche con ojos de deseo y pasión. Él intenta recuperar el trono que pierde por momentos frente a una máquina, y comenta: “Yo tengo un amigo que conoce a un vecino que tiene una prima que un día escuchó decir en un bar que estos coches no son para tanto”. La novia, a lo suyo. Él, que ve cómo la situación se le va de las manos, comenta: “Yo tengo un diésel, que chupa menos que eso de fijo”. Ella pasa. Él, en un último intento desesperado, dice: “Yo le digo al Manolo que me ponga dos alerones, me lo pinte de rojo, le coloque unas ‘yantas’ guapas y me descojono de la risa del idiota ese que ’sa’ gastao lo que no tiene”. Ella le contesta: “Diego, eres patético”. Se levanta y se va.

Nota científica: Según los expertos, no se tiene constancia de que el artefacto de esparcimiento infanto-juvenil conocido como ‘yo-yó’ haya tenido ningún papel relevante en el diagnóstico que acabo de exponer.

3- La agresión estrábica. También conocida como la ‘agresión Dioni’:

Se caracteriza por un gesto ocular de dificilísima ejecución, que consiste en apostar la cabeza hacia un punto cardinal, pero mover los ojos hacia el opuesto. Es muy común en playas y otros lugares de asueto social donde escasea la vestimenta. Ejemplo gráfico: Un grupo de amigos están sentados en la famosa terraza y observan la misma escena del Ferrari. Todos giran sus cabezas y sus ojos hacia el coche, excepto uno, que hace como que con él no va la cosa. Coloca la cabeza en dirección a Tudela, pero se muere de ganas por ver el coche así que empieza a girar sus globos oculares hacia donde miran los demás. El esfuerzo por mantener su gesto de indiferencia es tal, que le empiezan a caer unos lagrimones tremendos por la cara. Entonces se produce el siguiente diálogo: ‘Kike tío, que te estás perdiendo el carrazo’; ‘No si a mí eso…’; ‘¿y por qué lloras’?; ‘nada, nada… que me he acordado del periquito que se nos murió el año pasado..’. A partir de ese día, ‘el Kike’ empieza a ser conocido como ‘el raro’ y se gasta una fortuna en oftalmólogos, oculistas, optometristas y, en general, en todas la especialidades médicas que empiezan por ‘o’. Exceptuando, claro está, los obstetras y los ondocrinos.

Además de estas tres categorías, hay otras minoritarias pero igual de interesantes. El neurocirujano Peter Stochenmaier ha escrito un tratado acerca de ellas titulado: “Las patologías minoritarias: ¿a quién le importan?”. Recomiendo su lectura.

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